Plantas venenosas en el jardín y la naturaleza
En jardines y espacios naturales conviven muchas plantas de aspecto hermoso que esconden un peligro real: son tóxicas. Algunas resultan especialmente traicioneras porque se parecen de manera sorprendente a especies comestibles. Por ejemplo, la venenosa hierba mora negra puede confundirse fácilmente con el tomate, que pertenece a la misma familia. Precisamente por eso es fundamental conocer estas plantas y saber cómo actuar ante ellas.
Primeros auxilios ante una intoxicación por plantas venenosas
En la mayoría de los casos no existen antídotos eficaces contra los cócteles tóxicos que producen las plantas. La primera medida, tras llamar de inmediato a emergencias informando de una posible intoxicación vegetal, consiste en administrar carbón activado medicinal, ya que absorbe las sustancias tóxicas presentes en el organismo.
Si hay niños en casa, es imprescindible tener carbón activado en gránulos o comprimidos en el botiquín y conocer bien su modo de uso, porque en caso de intoxicación cada minuto cuenta. Si ha visto lo que ingirió su hijo pero no puede identificar la planta con certeza, lleve una muestra a urgencias.
Estas plantas son venenosas
Torvisco o Dafne (Daphne mezereum)
El torvisco crece de forma natural en bosques caducifolios y mixtos, aunque también se cultiva como planta ornamental en jardines. Prefiere suelos calcáreos y ricos en humus. Este arbusto, que puede alcanzar alrededor de un metro de altura, llama la atención por sus llamativas flores rosas que aparecen entre febrero y abril y desprenden un aroma intenso. Tras la floración, entre julio y agosto, brotan unas bayas rojas que recuerdan mucho a las grosellas, tanto en forma como en color.
Precisamente esa semejanza lo convierte en una amenaza real para los niños. El veneno se concentra principalmente en las semillas de las bayas y en la corteza: la mezerina (en las semillas) y la daphnetoxina (en la corteza) son los dos compuestos tóxicos responsables. Si se consumen partes de la planta, aparece enseguida un ardor bucal intenso, seguido de inflamación de la lengua, los labios y las mucosas. Después llegan los calambres estomacales, los vómitos y la diarrea. El veneno actúa sobre el sistema nervioso central y los riñones, provocando mareos y cefaleas, y eleva progresivamente la temperatura corporal y la frecuencia cardíaca. En los casos más graves, el desenlace es un colapso circulatorio. La dosis letal se estima en cuatro o cinco bayas para los niños y entre diez y doce para los adultos.
Cólquico o Azafrán de otoño (Colchicum autumnale)
Este pequeño bulbo crece principalmente en prados húmedos de Europa central, occidental y meridional. Sus flores, que van del rosa al lila, emergen entre agosto y octubre y se parecen mucho al azafrán, que florece en la misma época. Las hojas, que aparecen solo en primavera, son muy similares a las del ajo de oso, lo que genera confusiones peligrosas. El principio activo del cólquico, la colchicina, se asemeja al arsénico y resulta letal incluso en pequeñas cantidades.
Si se ingieren las semillas de la planta —con dos a cinco gramos ya es suficiente para provocar la muerte—, los primeros síntomas de intoxicación aparecen al cabo de unas seis horas: dificultad para tragar y una sensación de ardor en la garganta y la boca. A continuación sobrevienen vómitos, calambres estomacales, diarreas intensas y una bajada de la tensión arterial acompañada de descenso de la temperatura corporal. La muerte por parálisis respiratoria suele producirse entre uno y dos días después.
Perejilón gigante o Hogweed gigante (Heracleum mantegazzianum)
Una vez adulta, esta planta de ciclo corto resulta imposible de ignorar: ya en su segundo año de vida puede alcanzar entre dos y cuatro metros de altura. Prefiere suelos húmedos y calcáreos, pero se adapta con facilidad a condiciones muy diversas. En los extremos de sus tallos desarrolla grandes umbelas de entre 30 y 50 centímetros de diámetro, y sus hojas profundamente lobuladas pueden llegar a medir un metro. El tallo, tubular y salpicado de manchas rojas, supera los diez centímetros de diámetro en la base.
Su imponente apariencia fue, paradójicamente, lo que motivó su introducción desde el Cáucaso como planta ornamental. Con el tiempo se ha extendido por entornos naturales gracias a su vigor y su extraordinaria capacidad reproductiva. Aunque no provoca intoxicaciones mortales, la savia de la planta puede causar quemaduras graves y muy dolorosas en la piel al combinarse con la luz solar, debido a las furanocumarinas fototóxicas que contiene. Las heridas cicatrizan muy lentamente. Los más vulnerables son los niños que juegan al aire libre, así como los animales domésticos y salvajes.
Lluvia de oro (Laburnum anagyroides)
Originario del sur de Europa, este pequeño árbol lleva siglos cultivándose como ornamental gracias a sus vistosos racimos de flores amarillas. En estado silvestre solo aparece en el suroeste de Alemania, pero es frecuente en jardines y parques de toda Europa. Y es precisamente en esos espacios donde se producen muchas intoxicaciones en niños pequeños, porque el laburno produce sus frutos en vainas muy parecidas a las guisantes o las judías. Los más pequeños las confunden con algo comestible y las ingieren. En toda la planta, pero sobre todo en las vainas, se acumulan los alcaloides citisina, laburnina, laburamina y N-metilcitisina.
La dosis letal para los niños se sitúa en torno a tres o cinco vainas, equivalentes a entre diez y quince semillas. El mecanismo de acción del veneno es engañoso: en una primera fase estimula el sistema nervioso central, pero luego lo paraliza por completo. Durante la primera hora tras la ingestión aparecen las respuestas defensivas habituales del organismo: ardor en la boca y la garganta, sed intensa, vómitos, calambres y fiebre. Más adelante pueden sobrevenir estados de agitación y delirio. Las pupilas se dilatan, aparecen espasmos musculares que en los casos letales derivan en una parálisis total del cuerpo, y finalmente la muerte llega por parálisis respiratoria.
Belladona (Atropa belladonna)
La belladona habita preferentemente en los márgenes y el interior de bosques caducifolios y mixtos con suelos calcáreos. Con hasta dos metros de altura, esta planta herbácea es reconocible a distancia. Entre junio y septiembre produce flores acampanadas de color rojo pardusco con el interior amarillo y surcadas de venas oscuras. De agosto a septiembre maduran sus bayas de uno a dos centímetros, que cambian de verde (inmaduras) a negro brillante (maduras). Los principales componentes tóxicos son la atropina, la escopolamina y la L-hiosciamina, presentes en toda la planta aunque con mayor concentración en la raíz.
Lo más peligroso de esta planta es que sus frutos tienen un sabor dulce y agradable que no genera ninguna señal de alarma en los niños. Tan solo tres o cuatro bayas pueden resultar mortales para un niño (entre diez y doce para un adulto). Los primeros síntomas de intoxicación incluyen pupilas dilatadas, enrojecimiento facial, sequedad de mucosas y taquicardia. A esto se suman alteraciones del habla hasta la pérdida total de la voz, cambios bruscos de humor, alucinaciones e inquietud motora. Las convulsiones intensas y las variaciones en la frecuencia cardíaca son también características típicas. Después sobreviene la pérdida de consciencia, el color de la piel pasa del rojo al azul y la temperatura corporal cae por debajo de lo normal. A partir de ese punto, el organismo puede recuperarse si es lo suficientemente fuerte, o el paciente fallece en coma por parálisis respiratoria.
Bonetero europeo (Euonymus europaeus)
Este arbusto autóctono puede alcanzar hasta seis metros de altura y crece principalmente en bosques y zonas de borde forestal con suelos arcillosos húmedos. Tras la floración, entre mayo y junio, desarrolla unas cápsulas de cuatro lóbulos de un llamativo color naranja-rojizo que se abren al madurar liberando las semillas. Precisamente esos frutos tan coloridos y de formas curiosas representan un peligro real para los niños, que los recogen con facilidad. El principal compuesto tóxico es el alcaloide evonina.
Detectar una intoxicación por el bonetero no es sencillo, ya que los primeros síntomas no aparecen hasta aproximadamente 15 horas después de la ingesta. Entre las manifestaciones más habituales figuran los vómitos, la diarrea y los calambres abdominales. Por suerte, la dosis letal es relativamente elevada, de entre 30 y 40 frutos, por lo que los accidentes mortales son poco frecuentes.
Tejo (Taxus baccata)
En la naturaleza el tejo prefiere los suelos calcáreos y los bosques mixtos, pero gracias a su excelente respuesta a la poda se utiliza con frecuencia en jardines para formar setos o figuras topiarias. Para los niños resultan especialmente atractivas las vainas seminales rojas y carnosas, que son, curiosamente, la única parte no tóxica de la planta. Todo lo demás contiene la taxina, un alcaloide extremadamente tóxico. El consumo de tan solo 50 agujas de tejo ya puede poner en peligro la vida. Las intoxicaciones en personas son poco comunes, aunque en animales de granja como vacas y caballos ocurren con más frecuencia.
Existen casos documentados en los que el simple contacto cutáneo con superficies de corte o agujas machacadas produjo síntomas leves como entumecimiento de la piel y palpitaciones. Al cabo de aproximadamente una hora, los afectados experimentan vómitos, diarrea, mareos, convulsiones, dilatación de las pupilas y pérdida de consciencia. Los labios adquieren una coloración rojiza en los minutos siguientes. La frecuencia cardíaca sube bruscamente antes de caer, y la muerte por fallo cardíaco sobreviene en torno a los 90 minutos. Si los frutos se consumen con las semillas de cáscara dura, el organismo suele expulsarlas sin digerirlas.
Ricino (Ricinus communis)
Originario de África, el ricino se cultiva entre nosotros casi exclusivamente como planta ornamental, apreciado por el colorido de su follaje, la forma de sus hojas y sus llamativas inflorescencias. Los tallos son de un característico color rojo pardusco, las hojas palmeadas de tonos azul verdoso pueden alcanzar un metro de diámetro, y los vistosos frutos se distribuyen en dos niveles: arriba, las flores femeninas de color rojo intenso con prolongaciones en forma de cerdas; debajo, las flores masculinas más pequeñas con estambres amarillos.
La planta florece entre julio y septiembre y produce entonces semillas en las flores femeninas. Estas contienen la ricina, una proteína extremadamente tóxica cuya dosis letal se sitúa en apenas 25 miligramos, equivalente a una sola semilla. Al igual que con la belladona, el peligro se multiplica porque las semillas tienen un sabor agradable que no activa ninguna señal de rechazo. Los síntomas de intoxicación incluyen los habituales mecanismos defensivos del cuerpo: vómitos, convulsiones y diarrea. Además, aparecen mareos, inflamación renal y aglutinación de los glóbulos rojos, lo que puede desencadenar trombosis. La muerte suele producirse al cabo de unos dos días.
Muguete o Lirio de los valles (Convallaria majalis)
Este pequeño y resistente bulbo primaveral alcanza unos 30 centímetros de altura y se cultiva con frecuencia como ornamental por sus delicadas flores blancas. El muguete crece de forma natural en toda la Península y prefiere los bosques caducifolios y mixtos. El peligro que entraña es, como ocurre con el cólquico, la confusión con el ajo de oso, junto al que crece no pocas veces. Por eso es fundamental saber distinguir ambas plantas con seguridad. El muguete florece de abril a junio y produce de julio a septiembre pequeñas bayas rojas de unos cinco milímetros.
Toda la planta es tóxica y contiene un amplio conjunto de glucósidos, entre los que destacan la convalatoxina, el convalatoxol, el convalósido y la desglucoqueirotoxina. En caso de intoxicación —algo que ocurre ocasionalmente durante la temporada del ajo de oso— aparecen vómitos, diarreas y espasmos. A continuación sobrevienen mareos, alteraciones visuales, somnolencia y una necesidad frecuente de orinar. En conjunto, estos tóxicos actúan de forma muy intensa sobre el corazón, provocando arritmias, fluctuaciones de la tensión arterial y, en los casos más graves, insuficiencia cardíaca.
Acónito o Matalobos (Aconitum napellus)
El acónito crece principalmente en zonas montañosas boscosas, prados húmedos y riberas de ríos, aunque también se planta en jardines ornamentales por su valor decorativo. Su nombre hace referencia a la forma de sus flores, que con un poco de imaginación recuerdan a los cascos de los gladiadores medievales. Sus antiguos nombres populares —«matacabras» o «estrangulador»— dejan bien claro que conviene mantenerse alejado de él. Y no es para menos: el acónito es la planta más venenosa de Europa.
Tan solo dos a cuatro gramos extraídos del tubérculo constituyen una dosis letal. No es posible señalar un único principio activo, ya que el acónito contiene todo un cóctel de diterpeno-alcaloides tóxicos, entre los que se encuentran la aconitina, la benzoilnaponina, la liacónitina, la hipacónitina y la neopelina. La aconitina es especialmente peligrosa porque actúa como veneno de contacto, capaz de penetrar a través de la piel y las mucosas. Esto ha provocado que jardineros aficionados poco precavidos hayan sufrido síntomas leves de intoxicación —entumecimiento cutáneo y palpitaciones— con solo tocar el tubérculo. Una vez alcanzada la dosis letal, la muerte sobreviene generalmente en menos de tres horas por parálisis respiratoria e insuficiencia cardíaca.









