Historias espaciales: el poder de los cuentos
Hay proyectos que se miden con cifras y otros que cobran sentido solo cuando escuchas las voces de quienes los viven. Historias espaciales para chicos del futuro — Edición Escuela, impulsado por la Fundación Libellula junto a Francesca Cavallo, escritora, empresaria y activista, reúne ambas dimensiones.
Por un lado, el impacto concreto: más de 12.500 niñas y niños involucrados, más de 1.000 docentes formados y 250 escuelas primarias alcanzadas durante esta primera fase piloto. Y una visión ambiciosa que apunta a extender el proyecto más allá de las fronteras italianas. Por otro lado, algo mucho más difícil de cuantificar: lo que ocurre cuando un cuento abre una pregunta. Y esa pregunta permanece.
La escuela como espacio de crecimiento
El proyecto nace de una urgencia muy clara: llegar antes. Antes de que los estereotipos, las expectativas y los modelos de conducta se vuelvan invisibles porque ya han sido interiorizados. Cuando la forma de relacionarse todavía está tomando forma. Para lograrlo, elige una herramienta tan sencilla como poderosa: los cuentos.
En las clases que ya han comenzado este recorrido, las historias no se quedan en las páginas del libro Historias espaciales para chicos del futuro, de Francesca Cavallo, del que se ha elaborado un kit didáctico con 6 relatos acompañados de materiales educativos. Se convierten en experiencia compartida. Después de la lectura, las manos se levantan casi todas a la vez. Hay quien habla de rabia, quien intenta explicar qué significa sentirse excluido, quien cuenta algo que pasó en el patio o en casa. Alguien no encuentra las palabras, pero lo intenta igualmente. Y los demás escuchan.
No hay prisa por llegar a una respuesta. No existe una respuesta correcta. Hay un espacio que se abre, y ahí los niños y las niñas empiezan a decir cosas que pocas veces encuentran lugar en otros contextos.
Historias espaciales sin prejuicios
En Milán, en el IC Tommaso Grossi, ese espacio se ha convertido en práctica cotidiana. La maestra Elisa Maria Di Marco lo cuenta con una sonrisa que refleja convicción y satisfacción: «Del proyecto he valorado sobre todo su espíritu: el hecho de que abra preguntas sin imponer respuestas». No es un detalle menor, es el método en sí.
Trabajar sobre los estereotipos, especialmente con los más pequeños, no significa sustituir un modelo por otro, sino entrenar la mirada. Aprender a reconocer lo que habitualmente pasa desapercibido, a cuestionar lo que parece natural. «La escuela se propone como un espacio seguro en el que explorar las emociones y practicar una comunicación capaz de sostener relaciones sanas e igualitarias», continúa la docente.
Un espacio que no solo transforma a los niños: también cambia a quienes los acompañan, la forma en que se escucha, en que se interviene o se decide guardar silencio. Y desde ahí se vuelve evidente incluso lo que antes parecía invisible.
«El estereotipo, además de ser estéril, impide el crecimiento y envenena el terreno en el que debería brotar la autenticidad del ser», añade Di Marco. Precisamente porque actúa de forma silenciosa y frecuentemente invisible, desmontarlo es un trabajo delicado que exige atención, continuidad y disposición a cuestionarse a uno mismo. No produce efectos inmediatos, pero se va depositando con el tiempo.
Y es a través de los cuentos como todo esto toma forma. Los de Francesca Cavallo se mueven exactamente en ese terreno, con personajes que pueden ser fuertes y vulnerables al mismo tiempo. Que tienen miedo, que se equivocan, que cambian. Que no tienen nada que demostrar, solo existir. «Los cuentos no sirven para decirles a los niños quiénes deben ser, sino para mostrarles que pueden serlo de muchas maneras diferentes», explica la autora y activista. En esa apertura nace un espacio nuevo: no un modelo a seguir, sino una posibilidad a explorar, en la que quizás reconocerse.
Un cambio también para los adultos
Francesca Cavallo insiste en un punto mientras está sentada entre los estudiantes, escucha, hace preguntas y deja espacio a sus intervenciones: trabajar sobre lo masculino significa acompañar a niños y niñas en su crecimiento, ofreciéndoles un refugio seguro donde explorar emociones, relaciones y posibilidades, libres de los límites rígidos que imponen los estereotipos de género.
Significa permitirles ser curiosos, amables, frágiles, sin que eso se perciba como una pérdida. Significa dar valor a la escucha, al cuidado, a la capacidad de habitar las emociones sin tener que esconderlas o transformarlas en otra cosa.
A veces esa conversación sale del aula y llega a casa. Durante uno de los encuentros, un padre toma la palabra. Cuenta su historia familiar, «una familia nueva», la llama: dos papás y un niño en acogida preadoptiva. Habla de las cenas juntos, de las conversaciones largas, del intento de encontrar las palabras adecuadas. Palabras sencillas, pero no fáciles. «Estos proyectos también nos sirven a nosotros. Para aprender a dialogar con nuestro hijo, para poder estar ahí, juntos, sin escondernos», dice. Luego se detiene, visiblemente emocionado.
«El problema no son los niños. Quizás somos nosotros, los adultos, con los estereotipos que cargamos a cuestas».
Historias espaciales y emociones
En ese momento el proyecto cambia de dimensión. Ya no habla solo de la escuela. Se convierte en algo que toca la manera en que estamos juntos, dentro y fuera de las aulas, en que crecemos y hacemos crecer a otros. También por eso las solicitudes recibidas por la Fundación han sido numerosas, espontáneas y distribuidas por todo el territorio. Porque la necesidad de espacios y momentos en los que detenerse, escuchar e intentar comprender es real.
Francesca Panigutto, responsable de Comunicación y Recaudación de la Fundación Libellula, que acompaña el trabajo educativo, lo resume así: «El cambio no se produce cuando transmitimos respuestas, sino cuando creamos contextos en los que las personas pueden reconocerse y construir su propia forma de estar en las relaciones».
Al final, lo que permanece tras los primeros meses del proyecto no es una lección. Es una imagen difícil de olvidar. Un círculo de niños sentados en el suelo; alguien habla, alguien abraza sus rodillas y espera su turno. Hablan de emociones, de rabia, de miedo, de tristeza. Un maestro que escucha, que se pone en cuestión. Quizás ahí es donde se juega todo. No en los modelos que proponemos, sino en los espacios que elegimos abrir. Espacios en los que los niños aprenden a reconocer lo que sienten y a ponerle nombre a aquello que experimentan. Y en los que, poco a poco, toma forma el futuro.









