Una nueva “fatigue” con la que lidiar
Las decisiones en el trabajo, las escolares y deportivas de los hijos, o las sanitarias de los padres mayores, que se suman a las gestiones burocráticas y a la organización doméstica —incluido qué preparar para comer y cenar— generan una sensación de agotamiento que paraliza la mente. Es como si ya no fueras capaz de decidir nada. Se trata de la “decision fatigue”, antes exclusiva de jueces y altos directivos, hoy enormemente extendida, especialmente entre las mujeres.
Entre las últimas fatigas a las que se ha puesto nombre encontramos fenómenos como el agotamiento por suscripciones, esa frustración que surge al recibir newsletters y contenidos para los que te has dado de alta pero que no tienes tiempo de mirar. También está la fatiga de primavera, ese cansancio que acompaña el cambio de estación. Y qué decir del agotamiento por redes sociales, esa sensación de hartazgo tras pasar horas desplazando el dedo por fotos y vídeos que dejan un regusto de “atracón” de contenido inútil. Ahora se suma una nueva fatiga a la lista.
Decision fatigue: demasiadas decisiones que tomar
En este caso, la sensación de extenuación —acompañada a veces por el miedo a la propia inadecuación— está directamente ligada al número excesivo de decisiones que hay que tomar en un solo día o en muy poco tiempo. En el trabajo, en casa, para la escuela de los hijos o en la gestión de los trámites cotidianos, la decision fatigue parece no perdonar a nadie. Quizás por eso se vuelve a hablar de ella de forma científica, con nuevas investigaciones que profundizan en un fenómeno que hasta hace poco afectaba solo a un grupo muy reducido de personas.
La Angry Judge Syndrome
No es casualidad que este agotamiento tenga otro nombre: Angry Judge Syndrome o “síndrome del juez enfadado”. Los magistrados se encuentran entre las categorías más afectadas por lo que, en sus formas más extremas, se define como un síndrome: la dificultad para hacer frente a la enorme cantidad de decisiones de alto impacto que deben tomar con consecuencias potencialmente muy graves.
Un estudio demostró que, cuando están agotados, los jueces pasan de conceder en torno al 65% de los permisos de libertad condicional a conceder prácticamente cero. En cambio, tras un descanso reparador, vuelven a ese 65% de resoluciones favorables. La culpa la tiene el cansancio del cerebro.
Nuestro cerebro no está hecho (solo) para decidir
«Creo que existe una asimetría evidente entre los tiempos de la evolución biológica, en la que nuestro cerebro se formó a lo largo de dos millones de años en entornos muy distintos a los actuales, y la velocidad de la evolución tecnológica y social de las últimas décadas», señala Luciano Canova, docente de Economía del Comportamiento en la Escuela Enrico Mattei y life coach. El problema, sin embargo, no es que el cerebro no esté “programado” para nuevas tareas o ritmos: «En realidad es un órgano plástico, que se adapta, pero con costes y con límites».
El cerebro y el Sistema 1 y 2
Para entender por qué nos sentimos constantemente agotados mentalmente al tener que tomar decisiones, hay que cambiar el punto de vista. «El problema no es tanto que “no estemos hechos para esto”, sino que las condiciones en las que operamos hoy exigen de forma constante la activación del pensamiento analítico y reflexivo», explica Canova. Es lo que el psicólogo Daniel Kahneman denomina “Sistema 2”: lento y costoso en términos energéticos, mientras que biológicamente estamos estructurados para delegar la mayoría de las decisiones a los automatismos del “Sistema 1”, es decir, el modo de pensar rápido, automático e intuitivo. Por eso, el desequilibrio entre ambos sistemas genera un agotamiento progresivo.
Causas y efectos de la Angry Judge Syndrome
La situación actual de millones de personas se debe a un cambio estructural profundo en la sociedad. «Hasta hace pocas décadas, para informarse, decidir o elegir había que activarse, buscar, ir a buscar lo que se necesitaba. Era un mecanismo de tipo opt-in. Hoy, en cambio, vivimos en un régimen opt-out, de sobrecarga permanente: un flujo continuo e ininterrumpido de estímulos, notificaciones, opciones, plazos y microdecisiones. Hay que excluir, descartar, filtrar, realizando un esfuerzo enormemente más costoso porque nunca tiene un final natural.
A esto se suman la fragmentación de los roles, la digitalización de los trámites burocráticos —que ha trasladado al ciudadano un trabajo antes realizado por intermediarios (sí, la comodidad puede tener un coste cognitivo)— y la expectativa social de estar siempre disponibles y reactivos», observa el experto.
Por qué afecta especialmente a las mujeres
No debería sorprender que las mujeres estén entre las categorías más afectadas por la decision fatigue. «Los datos al respecto son bastante claros. La gestión simultánea del trabajo remunerado, los hijos, los padres mayores, las gestiones burocráticas y la organización doméstica produce lo que se denomina carga mental: no son solo las actividades en sí, sino el hecho de tenerlas todas presentes al mismo tiempo y de ser el punto de referencia por defecto cuando algo falla o cambia», confirma Canova.
Repartir las tareas no es suficiente
El problema es que la simple “delegación” de algunas tareas —un mantra que se repite a las mujeres como única solución ante el riesgo de burnout— no resulta suficiente. «Incluso cuando las tareas se distribuyen, la responsabilidad de la coordinación sigue siendo frecuentemente femenina», explica Canova. Es un trabajo cognitivo invisible y continuo que, precisamente por su naturaleza “de fondo”, resulta especialmente agotador: no se interrumpe nunca del todo, ni siquiera en los momentos de descanso, que se convierten así en un descanso solo aparente.
El riesgo de la parálisis mental y decisional
El principal peligro es acabar ante una especie de parálisis que bloquea cualquier nueva decisión. A menudo solo quedan dos opciones: el limbo —para quien puede permitírselo—, es decir, posponer indefinidamente las decisiones menos urgentes; o asumir el riesgo de tomar una decisión equivocada con tal de salir del punto muerto y liberarse del peso mental.
«Lo que harían falta son, en cambio, estrategias que reduzcan el número de decisiones a afrontar cada día y que devuelvan la consciencia a donde realmente importa», señala Canova.
La estrategia de las rutinas fijas
El coach propone también pequeños “trucos” cotidianos: «Funcionan bien las pequeñas intervenciones de arquitectura de la elección: rutinas fijas para las decisiones repetitivas —qué comer, qué ponerse, cuándo responder los correos—, de modo que se libere energía para las elecciones que de verdad importan. También ayuda agrupar las decisiones similares en momentos concretos en lugar de dejarlas repartidas a lo largo del día».
Además, introduce el concepto de las pequeñas fricciones —llamadas nudge— que obligan a activar el pensamiento reflexivo antes de las decisiones importantes: por ejemplo, una pausa impuesta, una lista de preguntas estándar o un segundo momento de verificación.
¿También puede ayudar la IA?
Se trata de comportamientos que cada persona puede incorporar a su vida sin necesitar la implicación de otros. Pero también de la inteligencia artificial puede llegar una pequeña ayuda. «Puede utilizarse de forma “inteligente” —sonríe Canova—, pero no como un flujo adicional de estímulos constantes, sino como herramienta para crear barreras decisionales, sintetizar opciones y reducir la complejidad antes de que llegue a nosotros».
La clave está en invertir la lógica: menos reacción y más planificación preventiva de las condiciones en las que decidimos. Como quien dice: prevenir —y organizarse de forma más eficiente— siempre es mejor que curar.









