¿Es el co-living intergeneracional la respuesta?
Hay un momento, en las grandes ciudades, en que las casas se vuelven demasiado grandes y las vidas demasiado estrechas. Ocurre en Milán, capital de los estudios imposibles y las habitaciones compartidas a precios desorbitados, pero también ocurre detrás de las puertas de muchos apartamentos silenciosos, donde un anciano recoge la mesa solo desde hace años. De ese doble vacío —el habitacional de los jóvenes que se independizan y el relacional de las personas mayores— nació «Prendi in casa», un proyecto de co-living intergeneracional activo desde 2004 y gestionado por MeglioMilano.
Existe una diferencia fundamental entre el co-housing —viviendas privadas con espacios compartidos en clave de colaboración, pero con hogares separados— y el co-living, donde se comparte el espacio dentro de una misma vivienda. En este último modelo surge una contaminación generacional que nace de nuevas necesidades de bienestar social, de modelos culturales creativos y de una curiosidad de exploración social diferente.
Jóvenes entusiastas, adultos escépticos
La iniciativa surgió a principios de los años 2000, cuando la asociación MeglioMilano identificó dos problemas que por entonces empezaban a hacerse evidentes: el coste del alquiler para estudiantes desplazados y la creciente soledad de las personas mayores. «Por un lado había jóvenes que no encontraban viviendas accesibles; por otro, personas mayores solas, a menudo en apartamentos demasiado grandes para ellas. Intentamos unir esas dos fragilidades», explica Monica Bergamasco, coordinadora del proyecto.
La primera experiencia piloto nació en el barrio de Bovisa, en torno al nuevo campus del Politecnico di Milano. Hoy las convivencias activas rondan las cuarenta. Pocas, comparadas con la demanda. «Los jóvenes son muchísimos; el verdadero obstáculo es encontrar a alguien dispuesto a abrir su casa».
Co-living intergeneracional y la riqueza de la diferencia
Porque abrir la casa implica, en el fondo, abrir también las propias costumbres, los silencios y los miedos. El primer obstáculo es casi siempre la desconfianza. «Todavía existe la idea de que los jóvenes son todos ruidosos, desordenados e incontrolables. Pero esos problemas, en la práctica, nunca los hemos tenido», señala Bergamasco con una sonrisa.
Los temores más habituales giran en torno a fiestas hasta el amanecer o desconocidos entrando y saliendo sin parar. «En realidad, los chicos que eligen este proyecto buscan casi siempre lo contrario: tranquilidad, estabilidad, un entorno sereno». Muchos llegan a su primera experiencia lejos de casa. Otros, en cambio, ya han convivido con personas de su edad y han salido agotados de ello. «Hay quien ya no tiene ganas de discutir por la limpieza o el ruido. Busca un espacio más humano».
La soledad no tiene edad
Y luego están quienes eligen esta experiencia por algo menos material y más difícil de confesar: el deseo de un vínculo real. «Creo que subestimamos mucho la soledad de los jóvenes», reflexiona Bergamasco. «En nuestra percepción, la soledad es una condición propia de los ancianos, pero también muchos jóvenes buscan un referente, un ambiente acogedor, alguien con quien hablar cuando vuelven a casa».
Así ocurre algo inesperado: personas que no se conocían empiezan lentamente a volverse importantes la una para la otra. No una familia en el sentido clásico, quizás. Pero algo que se le parece, sin duda. «Puede que hablar de nueva familia sea demasiado», reflexiona Bergamasco, «pero sí ocurre algo interesante: muchas veces la gente se cuenta cosas que en familia no sería capaz de decir».
El co-living intergeneracional favorece la confianza
Las personas mayores comparten pensamientos que con hijos y nietos no encuentran espacio. Los jóvenes hablan de miedos, de la universidad, del trabajo, de las relaciones. Con alguien que no es su madre ni su padre, pero a quien reconocen como figura adulta, logran abordar conversaciones que en otro contexto no tendrían. La convivencia, por supuesto, no es un cuento permanente. Las costumbres chocan, los horarios cambian, la vida también.
«Nunca decimos que todo será perfecto. Como en cualquier convivencia, hay que aprender a conocerse». Por eso el proyecto trabaja mucho en el proceso de matching, buscando compatibilidad de caracteres, ritmos y expectativas. Hay quien incluso pide una compañera siciliana «porque yo también soy siciliana y quizás nos entendemos mejor», cuenta Bergamasco divertida.
Juntos sí, pero independientes
Las normas son pocas pero claras: respeto de los espacios, diálogo y autonomía mutua. Los jóvenes abonan un importe reducido en concepto de gastos —entre 250 y 300 euros— precisamente porque el objetivo no es crear un mercado paralelo de alquileres, sino «una hospitalidad que beneficie a ambas partes sin convertirse en especulación».
Y luego está esa pequeña y silenciosa ayuda mutua que surge casi inevitablemente cuando se comparte la vida cotidiana. Una farmacia a la que se acerca alguien al vuelo. Una cena dejada preparada. Un mensaje si alguien tarda en llegar. «No es asistencia», aclara Bergamasco. «Cada uno debe ser autónomo. Pero si se crea una buena relación, es natural convertirse en un punto de referencia».
Co-living intergeneracional, el calor que no te esperas
En una época en que las ciudades parecen generar sobre todo aislamiento —jóvenes solos en habitaciones minúsculas, personas mayores solas en casas demasiado grandes— experiencias como esta intentan reconstruir algo parecido a una comunidad mínima. No perfecta, no definitiva, pero concreta.
Una puerta que se abre. Una luz encendida en la cocina. Alguien que, sencillamente, está ahí.









