El juicio Pelicot: cuando el teatro despierta las conciencias

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Una acusación directa contra la cultura de la violación

4 horas y 15 minutos. Un tiempo que puede parecer mínimo o eterno. Todo depende de lo que contenga. 4 horas y 15 minutos sentada en una silla de madera, junto a otras 27 personas. Erguida, compuesta. Con el respaldo curvo que cruje, las piernas que se cruzan y se estiran para no entumecerse, la espalda que imperceptiblemente se alarga y se encoge para desentumecerse y compensar la total ausencia de ergonomía del asiento. 4 horas y 15 minutos para narrar 10 años de torturas. Poner en escena una galería de los horrores ante un público que escucha en silencio. Ni un movimiento, ni un golpe de tos. Sin ningún descanso. El público y nosotros somos una sola cosa. Testigos de lo indecible. Mensajeros de un relato llegado desde una mujer menuda en el tribunal penal de Vaucluse hasta cada rincón del mundo. El proceso más mediático de la historia reciente. 51 acusados, 38 abogados, 600 horas de audiencia. Un veredicto que declara a todos culpables, con penas que van de los 3 a los 20 años. Cuando la actriz que interpreta a la jueza desgrana los nombres y las condenas, parece una lista de los condenados.

Un espectáculo político sobre la “banalidad del mal”

4 horas y 15 minutos no son nada comparadas con una vida manchada de forma indeleble y que hay que reescribir por completo. Pero Gisèle ha ganado. No solo frente a Dominique, el marido verdugo que la sedó y la entregó a las perversiones más abyectas de un grupo de individuos perturbados, sino frente a toda la cultura de la violación. Frente al machismo tóxico que la engendra. La emoción llega a su punto máximo. El público estalla en un aplauso que parece no tener fin. Un aplauso que se mezcla con las lágrimas y las sonrisas que afloran al bajar la tensión, con las miradas cómplices y los abrazos.

Seguí con atención todas las fases del caso de Gisèle Pelicot, leí su libro de memorias Un himno a la vida, y acogí su testimonio junto al de su hija Caroline. Pero nada, en esta terrible historia de sometimiento químico y redención, me conmovió más que el espectáculo El juicio Pelicot, representado el 24 de mayo en una única función en el Piccolo Teatro de Milán. Un “oratorio escénico”, como lo definió el director Milo Rau, en el que participaron actores profesionales y ciudadanos corrientes, representantes de la sociedad civil. Yo era una de ellos. Y sentí todo el peso de la responsabilidad de la misión social y política que el director suizo y la dramaturga y activista Servane Dècle quisieron conferirle cuando lo concibieron, hace poco más de un año, en Aviñón, a pocos kilómetros del lugar donde se pronunciaba una sentencia ejemplar. No era una simple transposición teatral de un suceso de actualidad, sino una representación cruda y bien documentada de la “banalidad del mal”. Construida en 40 fragmentos a partir de entrevistas, artículos y actas procesales. Un acto de memoria necesario, un amplificador de empatía humana para la batalla solitaria de una víctima que eligió dejar de serlo. Volcando la vergüenza sobre sus verdugos. Desenmascarándola ante el mundo.

De tragedia personal a denuncia colectiva

Decidir celebrar un juicio por violencia sexual a puertas abiertas, y llegar incluso a consentir que se mostrara el propio cuerpo narcotizado e inerte, a merced de desconocidos que disponían de él a su antojo en más de 20.000 vídeos y fotografías realizados por el compañero de toda una vida, significa transformar una tragedia personal en denuncia colectiva. Pero también en un acto de rebelión contra la normalización del abuso y la eliminación del concepto de consentimiento.

Si, como algunos de ustedes afirman, no sabían que iban a cometer una violación, ¿por qué no se marcharon de inmediato?

declaró la señora Pelicot en el 48.º día de juicio, tras escuchar al último coacusado. «Lo he oído todo como excusas. He escuchado: “Mi mente estaba desconectada”. He escuchado: “Estaba teledirigido”. Uno dijo: “Si hubiera denunciado a su marido, nadie me habría creído”. Escucho a aquel señor que dijo: “Un dedo no es una violación”. Pienso en aquel hombre que dijo que, si hubiera querido violar a una mujer, habría elegido a una más guapa”».

La recaudación destinada a la Casa de las Mujeres de Milán

Sedar un cuerpo ayuda a desactivar la empatía, explicó una filósofa consultada sobre el caso, porque apaga los signos de sufrimiento, los sonidos y las expresiones del rostro. Por eso lo ocurrido fue doblemente abominable y cobarde. «Quise someter a una mujer que no estaba sometida», confesó Dominique Pelicot durante su último interrogatorio. «Quise que pagara el precio de su libertad». El espectáculo está recorriendo el mundo. La recaudación obtenida en la etapa de Milán fue donada íntegramente a la Casa de las Mujeres. “Por todas las víctimas no reconocidas, cuyas historias permanecen en la sombra”.

Author

  • Ignacia Antonia es una creadora digital chilena que comparte contenido sobre lifestyle, tendencias y momentos de la vida cotidiana. Sus publicaciones destacan por un estilo moderno, cercano y enfocado en la inspiración diaria.

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