La amistad como amor, un regalo del mundo queer
Hay una pregunta que recorre de principio a fin Un deseo desmesurado de amistad (Iperborea), el libro de la escritora francesa Hélène Giannecchini: ¿por qué hemos aceptado que el amor romántico ocupe el centro del escenario mientras la amistad permanece en los márgenes, como un sentimiento bonito pero secundario? Giannecchini, escritora, comisaria de exposiciones y profesora de Historia y Teoría del Arte Contemporáneo en la Universidad de Lille, no lanza manifiestos ni revoluciones a gritos.
Lo que propone es más sutil: invita a observar lo que tenemos delante y solemos ignorar: esos amigos que nos acompañan durante décadas, que nos ayudan a convertirnos en quienes somos, que a veces nos salvan. En su visión, no se trata solo de afecto o compañía, sino de construcción mutua. Una “familia elegida”, especialmente para quienes no se reconocen en los modelos tradicionales.
«Los sociólogos demuestran que la amistad ocupa un espacio cada vez más reducido en nuestras vidas a medida que entramos en la edad adulta», explica. Los dos momentos decisivos son la convivencia en pareja y el nacimiento del primer hijo. A partir de ahí, el tiempo parece encogerse. «Trabajamos y el poco tiempo que nos queda lo dedicamos a la familia: así la amistad acaba convirtiéndose casi inevitablemente en un pensamiento secundario». No es una crítica a la familia, matiza Giannecchini, sino a los ritmos de una sociedad que deja cada vez menos espacio a los vínculos no productivos.
La amistad como amor, un regalo del mundo queer
Una de las intuiciones más originales de su trabajo tiene que ver con el mundo queer. No como excepción, sino como laboratorio social. «Las personas queer se han convertido en campeonas de la amistad», observa. Por necesidad histórica, a menudo excluidas de sus familias de origen, construyeron familias elegidas y redes de apoyo alternativas. «La amistad fue, especialmente para ellas, un verdadero salvavidas». Una experiencia que hoy interpela a todos, porque cada vez más personas sienten que la familia biológica, por sí sola, ya no es suficiente. «Cada vez más jóvenes desean imaginar otras formas de solidaridad y pertenencia».
La jerarquía de los sentimientos, qué absurdo
En el fondo, lo que Giannecchini pone en cuestión es la jerarquía de los sentimientos. Hemos crecido creyendo que existe un amor más importante que los demás —el de pareja— y que todo lo demás debe girar a su alrededor. «Vivimos en una sociedad que nos enseña a amar a una sola persona y a establecer una jerarquía entre nuestros vínculos. Una sociedad en gran parte sexista y demasiado a menudo racista o clasista». Cuestionar esta idea forma parte, para ella, de un proceso más amplio de emancipación.
No sorprende entonces que su propia biografía esté marcada por decisiones a contracorriente: Hélène creció en una familia poco convencional, con una madre y dos padres, y con amigos de sus progenitores que se instalaban en casa durante largas temporadas. Es decir, lleva en el ADN una mirada amplia, amplísima sobre el amor y las relaciones.
Cuando la amistad-amor se convierte en una amenaza para la sociedad
«Fui muy amada por varios adultos que también me ofrecieron el marco y la estructura que todo niño necesita para crecer bien. Sin embargo, creo que una vez que empiezas el colegio, o poco después, se restablece un cierto orden. Te dicen que no puedes hacer lo que quieres, que no tienes derecho a inventar la vida que deseas, y esas advertencias son constantes. Esto nos lleva a preguntarnos por qué. ¿Por qué la sociedad se siente amenazada por quienes eligen vivir libremente?».
A los treinta años, cuando todos esperaban que se casara o formara una familia, ella soñaba con vivir con sus amigos. Todavía hoy percibe el asombro que provoca esa elección. «Casarse, comprar una casa, tener hijos se consideran señales externas de éxito». Quien se aparta de ese guión corre el riesgo de ser mirado con suspicacia, especialmente si se trata de una mujer.
Una forma de libertad y de civilización
Quizás es porque la amistad contiene una promesa de libertad. Giannecchini está convencida de ello desde la infancia: «Para mí la amistad siempre ha sido un hogar, y lo entendí muy pronto». Solo más tarde descubrió que no todo el mundo considera normal encontrar refugio, pertenencia e identidad en un vínculo que no sea el familiar o el romántico.
En Francia se habla incluso de una propuesta de ley para proteger la amistad. Si pudiera introducir un único “derecho de la amistad”, ¿cuál elegiría? La escritora no tiene dudas: «Querría que los amigos tuvieran derecho a beneficiarse de nuestros bienes y a poder tomar decisiones sobre los cuidados al final de la vida cuando estamos hospitalizados».
No hay amor ni amistad sin conflicto
Las amistades femeninas también merecen, en su mirada, ser contadas de otra manera. No solo como espacios de consuelo o confidencia, sino como lugares donde se produce pensamiento. «Es muy valioso estar rodeada de personas que quieren escucharnos y que nos dedican su tiempo. Siempre estoy profundamente agradecida por ello. Pero me gustaría mostrar que existe, en las amistades femeninas y queer, algo más: una verdadera construcción política y, a veces, incluso el conflicto».
Porque también el desacuerdo puede ser una forma de intimidad. «A veces los conflictos nos permiten afinar nuestro pensamiento y enfrentarnos al mundo de manera más profunda». Y si el amor romántico tiene sus rituales —aniversarios, promesas, matrimonios—, la amistad sigue viviendo en un territorio menos codificado. Paradójicamente, ese es precisamente su privilegio. «Sí, no tenemos bodas ni bautizos de la amistad», sonríe Giannecchini. «Y quizás es mejor así. Nos deja la libertad de inventar momentos que sentimos de verdad como nuestros».
¿Por qué elegir si puedes multiplicar?
Cuando le preguntan a quién llama primero cuando se encuentra mal, Hélène no menciona un solo nombre. «Pienso enseguida en varias personas. Sin duda en mis amigos más cercanos, en mis dos mejores amigas y en mi pareja». Una respuesta que resume toda la filosofía del libro: la vida no se sostiene sobre un único pilar. Si quieres que sea sólida, multiplica los apoyos.
La frase que mejor sintetiza su pensamiento llega casi al final de la conversación. Giannecchini admite haber elegido, en el pasado, la amistad por encima de otras relaciones. Una decisión que muchos encontraron incomprensible. Ella, en cambio, sugiere otra posibilidad: imaginar una vida en la que el amor no tenga un único rostro. Una vida en la que la amistad no sea el plan B de la felicidad.







